Ahí estaba yo, junto a mi madre y mi gato Louis haciendo un viaje desde
Nueva York a Londres.
Era increíble, estaba asustada y estaba emocionada a la vez, ¿aquello era
posible? Me diréis que era algo común, muchas personas viajan muchas veces,
tantas que desearían quedarse en un mismo sitio y seguramente amarían vivir de
una rutina. Aun así, no me importaba nada, estaba viajando a un lugar
totalmente nuevo e iba a ser maravilloso. Me han dicho que Londres era un sitio
elegante y muy tranquilo comparado con Nueva York donde los atascos reinaban
las calles y la gente, los cruces y las aceras.
Fue un largo viaje, pero llevadero. Estuve escuchando música y leyendo, en
todo el trayecto. Un taxi nos esperaba en el aeropuerto, el lugar era precioso,
hacía frío pero no me importaba nada, me gustaba aquello. El barrio dónde iba a
vivir a partir de ahora era preciosa, las casas eran muy similares, tenían
todos la misma altura, los mismos colores marrones y beige. Elegante era la
palabra que podría describir aquello.
Por fin llegamos. Era la casa número quince. Empezamos bien, ese número era
mi favorito. La casa me había gustado, tenía su pasillo, unas escaleras, salón,
comedor, cocina y sótano. En el piso de arriba había dos habitaciones, dos
baños y el desván. También tenía jardín y un garaje. La casa estaba rodeada de
unas vallas de madera lo suficientemente altas como para no dejarme ver los
jardines de los vecinos, la única manera era mirar desde la ventana de mi
habitación.
Mi madre y yo estuvimos desempaquetando cajas y colocando nuestras
pertenencias en la nueva casa. Nos había costado una semana entera para
acomodarnos en la casa nueva, incluso Louis empezó a merodear por toda la casa
para aprenderse cada rincón.
Cuando por fin terminé de colocar los últimos libros en mi habitación, me
senté sobre la cama y miré a mí alrededor. Todo parecía tan nuevo, a pesar de
que las cosas que había ya eran mías desde hacía ya mucho tiempo.
-¿Qué te parece? –Mi madre había aparecido en mi puerta de la nada.
-Está bien, aunque parece completamente nuevo. Ya me acostumbraré
-Ya veo. Cariño, ¿estás segura de esto? Sabes que podemos volver a Nueva
York, no hay nada más importante para mi que tú –dijo mientras se sentaba a mi
lado.
-Mamá, estoy bien. Esto es normal, acabamos de mudarnos y mi habitación no
es la misma. Tengo que acostumbrarme, solo es eso. No te preocupes, estoy bien
–le di un beso en la frente y la abracé.
-¿Qué te apetece hacer mañana?
-Ya que lo dices, quiero ver un poco Londres y si no te importa, hacer unas
compras. Quiero adaptarme. En una semana empiezan las clases y éstos chicos
tienen un estilo muy diferente al estilo que tienen en Nueva York, para serte
sincera, me gusta más el estilo que tienen aquí, es más elegante y más casual.
-En eso coincidimos. Bien, entonces, mañana iremos de compras.
El resto del día estuve descansando, prácticamente estuve durmiendo toda la
tarde, solamente me desperté para cenar y después me volví a dormir. No me
desperté hasta la hora de comer del día siguiente. Mi madre no quiso
despertarme ya que desde que habíamos llegado no habíamos parado en limpiar y
en ordenar.
Era un sábado, así que había mucha gente en el centro comercial, aun así,
la gente no armaba mucho alboroto ni molestaban mucho a la hora de estar en una
tienda. Pude disfrutar de aquel día con mi madre. He podido comprar ropa,
material escolar e incluso algún capricho que otro.
En la cafetería pude ver chicos de mi edad, me había fijado muy bien en
cómo iban y su actitud. No eran muy diferentes a los que iban a mi antiguo
instituto en Nueva York, claro que éstos eran menos escandalosos y parecían
menos orgullosos ya que no le ponían énfasis en su presencia.
El domingo estuve descansando todo el día, estaba inquieta y no se me
ocurrió nada mejor que dormir para que se pasasen las horas.
Mi madre me despertó dos horas y media antes de la entrada al colegio, me
preparé lo mejor que pude, opté por el pelo suelto y me puse un pantalón
vaquero pitillo de color azul, unas botas militares para chica de color negro,
una camiseta de Ramones y mi chaqueta de cuero.
Un taxi me esperaba en la puerta de mi casa. Mi madre aun no tenía coche
y no quería andar hasta el instituto por si se perdía. Aprovechó para que el
taxi me llevara al instituto y después a ella en el trabajo. Estaba algo
nerviosa, era inevitable y no paraba de mirar por la ventana.
-No may mucho sol como para que tengas puesto unas gafas –dijo mi madre de
repente.
-¿Cómo?
-Que no hace mucho sol para unas gafas de sol.
-Ah, bueno, hay lo suficiente.
-¿Estás nerviosa?
-Algo nerviosa, es normal.
-Pues pareces más nerviosa de lo normal. Por cierto, estás muy guapa.
-Gracias, es que quiero causar una buena impresión.
-Seguro que lo harás. Siempre lo haces, cariño.
-Mamá, por favor. En Nueva York no tenía casi amigos.
-Bueno, al menos aquellos amigos eran verdaderos, eso es muy importante.
-Cierto –dije casi susurrando.
-Cariño, no te preocupes por nada, todo irá bien –dijo mientras me daba un
beso –Mira, ya hemos llegado. Toma dinero para el almuerzo y no te preocupes
por nada.
-Adiós mamá.
-Que tengas un buen día, ¡tienes que ir a ver al director, no te olvides!
–me gritó desde la ventana del taxi justo cuando empezó a ponerse en marcha.
Y ahí estaba yo, en frente de mi nuevo instituto.
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