miércoles, 1 de febrero de 2012

Capítulo uno - Hola Londres

Para una adolescente tener una oportunidad de tener una nueva vida, en un sitio completamente nuevo y poder ser alguien que siempre has querido ser es una gran oportunidad. Mi madre es diseñadora y tiene una gran oportunidad de perfeccionar su trabajo en Londres, así que, ahí es donde me dirijo.
Ahí estaba yo, junto a mi madre y mi gato Louis haciendo un viaje desde Nueva York a Londres.
Era increíble, estaba asustada y estaba emocionada a la vez, ¿aquello era posible? Me diréis que era algo común, muchas personas viajan muchas veces, tantas que desearían quedarse en un mismo sitio y seguramente amarían vivir de una rutina. Aun así, no me importaba nada, estaba viajando a un lugar totalmente nuevo e iba a ser maravilloso. Me han dicho que Londres era un sitio elegante y muy tranquilo comparado con Nueva York donde los atascos reinaban las calles y la gente, los cruces y las aceras.
Fue un largo viaje, pero llevadero. Estuve escuchando música y leyendo, en todo el trayecto. Un taxi nos esperaba en el aeropuerto, el lugar era precioso, hacía frío pero no me importaba nada, me gustaba aquello. El barrio dónde iba a vivir a partir de ahora era preciosa, las casas eran muy similares, tenían todos la misma altura, los mismos colores marrones y beige. Elegante era la palabra que podría describir aquello.
Por fin llegamos. Era la casa número quince. Empezamos bien, ese número era mi favorito. La casa me había gustado, tenía su pasillo, unas escaleras, salón, comedor, cocina y sótano. En el piso de arriba había dos habitaciones, dos baños y el desván. También tenía jardín y un garaje. La casa estaba rodeada de unas vallas de madera lo suficientemente altas como para no dejarme ver los jardines de los vecinos, la única manera era mirar desde la ventana de mi habitación.
Mi madre y yo estuvimos desempaquetando cajas y colocando nuestras pertenencias en la nueva casa. Nos había costado una semana entera para acomodarnos en la casa nueva, incluso Louis empezó a merodear por toda la casa para aprenderse cada rincón.
Cuando por fin terminé de colocar los últimos libros en mi habitación, me senté sobre la cama y miré a mí alrededor. Todo parecía tan nuevo, a pesar de que las cosas que había ya eran mías desde hacía ya mucho tiempo.

-¿Qué te parece? –Mi madre había aparecido en mi puerta de la nada.
-Está bien, aunque parece completamente nuevo. Ya me acostumbraré
-Ya veo. Cariño, ¿estás segura de esto? Sabes que podemos volver a Nueva York, no hay nada más importante para mi que tú –dijo mientras se sentaba a mi lado.
-Mamá, estoy bien. Esto es normal, acabamos de mudarnos y mi habitación no es la misma. Tengo que acostumbrarme, solo es eso. No te preocupes, estoy bien –le di un beso en la frente y la abracé.
-¿Qué te apetece hacer mañana?
-Ya que lo dices, quiero ver un poco Londres y si no te importa, hacer unas compras. Quiero adaptarme. En una semana empiezan las clases y éstos chicos tienen un estilo muy diferente al estilo que tienen en Nueva York, para serte sincera, me gusta más el estilo que tienen aquí, es más elegante y más casual.
-En eso coincidimos. Bien, entonces, mañana iremos de compras.

El resto del día estuve descansando, prácticamente estuve durmiendo toda la tarde, solamente me desperté para cenar y después me volví a dormir. No me desperté hasta la hora de comer del día siguiente. Mi madre no quiso despertarme ya que desde que habíamos llegado no habíamos parado en limpiar y en ordenar.
Era un sábado, así que había mucha gente en el centro comercial, aun así, la gente no armaba mucho alboroto ni molestaban mucho a la hora de estar en una tienda. Pude disfrutar de aquel día con mi madre. He podido comprar ropa, material escolar e incluso algún capricho que otro.
En la cafetería pude ver chicos de mi edad, me había fijado muy bien en cómo iban y su actitud. No eran muy diferentes a los que iban a mi antiguo instituto en Nueva York, claro que éstos eran menos escandalosos y parecían menos orgullosos ya que no le ponían énfasis en su presencia.
El domingo estuve descansando todo el día, estaba inquieta y no se me ocurrió nada mejor que dormir para que se pasasen las horas.

Mi madre me despertó dos horas y media antes de la entrada al colegio, me preparé lo mejor que pude, opté por el pelo suelto y me puse un pantalón vaquero pitillo de color azul, unas botas militares para chica de color negro, una camiseta de Ramones y mi chaqueta de cuero.  Un taxi me esperaba en la puerta de mi casa. Mi madre aun no tenía coche y no quería andar hasta el instituto por si se perdía. Aprovechó para que el taxi me llevara al instituto y después a ella en el trabajo. Estaba algo nerviosa, era inevitable y no paraba de mirar por la ventana.

-No may mucho sol como para que tengas puesto unas gafas –dijo mi madre de repente.
-¿Cómo?
-Que no hace mucho sol para unas gafas de sol.
-Ah, bueno, hay lo suficiente.
-¿Estás nerviosa?
-Algo nerviosa, es normal.
-Pues pareces más nerviosa de lo normal. Por cierto, estás muy guapa.
-Gracias, es que quiero causar una buena impresión.
-Seguro que lo harás. Siempre lo haces, cariño.
-Mamá, por favor. En Nueva York no tenía casi amigos.
-Bueno, al menos aquellos amigos eran verdaderos, eso es muy importante.
-Cierto –dije casi susurrando.
-Cariño, no te preocupes por nada, todo irá bien –dijo mientras me daba un beso –Mira, ya hemos llegado. Toma dinero para el almuerzo y no te preocupes por nada.
-Adiós mamá.
-Que tengas un buen día, ¡tienes que ir a ver al director, no te olvides! –me gritó desde la ventana del taxi justo cuando empezó a ponerse en marcha.

Y ahí estaba yo, en frente de mi nuevo instituto. 

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